Vistas de página en total

martes, 4 de enero de 2011

Austeridad y Honestidad

La Honestidad ...

Con frecuencia la honestidad nos turba. La verdad puede ser dura e incómoda, el que la dice peca de falta de tacto, el que la recibe se disgusta por la revelación. «No me gusta cómo te has cortado el pelo», «La comida que has preparado está sin sabor», «No me apetece estar contigo esta noche». De entrada parece que decir la verdad es más incómodo y complicado que mentir. Es justamente esta convicción la que nos lleva a mentir, con el fin de ocultar nuestras debilidades y evitar dar explicaciones o crearnos problemas, por pereza o quizá por temor. Pero es mentir lo que, a la larga, resulta más difícil y nos complica la vida.

Ser transparentes es un alivio. Las aguas turbias ocultan un sinfín de sorpresas desagradables. El agua clara nos muestra el fondo del mar, la basura y el detritus en caso de que existan, y al mismo tiempo los peces multicolores, las conchas, las estrellas de mar. La honestidad nos permite mirar a otro a los ojos y ver a través de ellos su corazón, porque no existe velo alguno, ni engaño. Nos permite mostrarnos tal como somos, y mirar a los demás de frente, sin desviar la mirada.

La honestidad funciona en sentido bilateral: hacia nosotros mismos y hacia los demás. Conocernos a nosotros mismos, es la condición sine qua non de la salud mental. No podemos conocernos si permanecemos aislados. En primer lugar debemos dejar que los otros nos conozcan, sin mentiras ni dobleces. Todos los síntomas neuróticos, como el temor a salir de casa o la depresión, no son sino unas barreras que erigimos para ocultarnos de los demás. Tan pronto como nos volvemos más transparentes, empezamos a sentirnos mejor. No obstante, también podemos aprender, paralelamente, a ser honestos con nosotros mismos, a escrutar con mirada firme nuestro mundo interior sin que éste nos produzca rechazo. Escribir sobre nosotros mismos es una forma de conectar con nuestras emociones, una autor revelación, lo cual nos permite conectar mejor con los demás.

En La Divina comedia, Dante describe a los hipócritas en el infierno. Éstos van cubiertos con una pesada capa metálica: dorada por fuera, pero de plomo por dentro. Es agobiante arrastrar esta reluciente capa, tan falsa como pesada, que representa lo que no son y jamás pueden ser. El no tener que fingir simplifica nuestra vida. Por otra parte, pasarse la vida fingiendo ser lo que uno no es requiere un esfuerzo gigantesco.

La honestidad, a veces tan dura, tiene mucho en común con la bondad, aunque puedan parecer opuestas. Porque si en la base de la bondad hay falsedad, deja de ser bondad y se convierte en falsa cortesía. No brota del corazón, sino del temor a arriesgarse, a provocar una reacción violenta o a afrontar acusaciones y disputas. ¿Qué prefieres: la bondad auténtica, dispuesta siempre a decir la verdad por incómoda que sea, o la educación de alguien que evita la confrontación, que asegura estar divirtiéndose cuando se aburre, que dice sí cuando quiere decir no, y que sonríe cuando se retuerce por dentro?

Existen muchas personas que dicen Sí cuando quieren decir No. Incluso han dicho sí a importantes compromisos, como el matrimonio, la adquisición de una vivienda, un contrato laboral. Y han dejado que otros utilizaran y abusaran de su tiempo y espacio, «¿Por qué no sales con nosotros esta noche?», «¿Puedes hacer este trabajo por mí?», ¿Puedes quedarte con mis dos gatos mientras estoy fuera?» «¿Puedo quedarme en tu casa unas semanas?» La incapacidad de pronunciar la palabra mágica en ocasiones conduce al desastre. Hace que las personas convivan con alguien que les repele, en una casa en la que no se sienten a gusto, que realicen el trabajo de otros y que pierdan la serenidad de ánimo. Las obliga a vivir una vida que no es la suya, y todo porque no tienen el coraje y la honestidad de decir una sencilla palabra, firme y sincera, que salvaría sus vidas y las de otros: «NO».

Obrar honestamente —incluso a riesgo de decir una verdad desagradable, o decir no y contrariar a otros—, si se hace con inteligencia y tacto, a la larga es preferible, porque así respetamos nuestra integridad y reconocemos la capacidad en los demás de ser competentes y maduros. Piensa en cómo te sentirías si descubrieras que alguien trataba de protegerte, por ejemplo ocultándote la gravedad de una enfermedad, no revelándole un asunto espinoso del que todo el mundo estaba al corriente, no diciéndote que se te había corrido el maquillaje. Todo por educación, para protegerte. Sin duda te sentirías subestimado, incluso traicionado. ¿Por qué no ha tenido nadie el valor de decírmelo?

Ser honesto significa reconocer un problema, en lugar de fingir que no existe. No podemos fingir que los problemas no existen, ni resolverlos con distracciones efímeras. Debemos afrontarlos con valentía y honestidad.

La honestidad no sólo tiene que ver con los aspectos difíciles e ingratos de la vida, sino que está relacionada, en mayor medida, con los aspectos creativos y hermosos. A menudo, por extraño que parezca, ocultamos estos aspectos: nuestra ternura, nuestra buena fe, nuestros pensamientos originales, nuestra capacidad de conmovernos. En parte lo hacemos por un sentido de discreción: no queremos abrumar a los demás con nuestras emociones. Pero principalmente lo hacemos para protegernos. No queremos que los otros nos vean así. Nos sentiríamos débiles, vulnerables, incluso ridículos. Es preferible parecer un poco cínico, incluso duro, o, cuando menos, no arriesgarnos a mostrar nuestros sentimientos y emociones. No obstante, de esa forma nos separamos de la parte más espiritual y hermosa de nuestro ser. E impedimos que los otros la vean.

Ser honesto es más fácil que mentir. La mentira tiene mil caras, la verdad sólo una. Podemos fingir que sentimos unas emociones que en realidad no sentimos, ser muchas personas que no somos. Pero si dejamos de fingir, todos los artificios y esfuerzos que apuntalan nuestra vida se desmoronan. Lo débiles y torpes que nos mostramos muchas veces cuando tratamos de ocultar nuestros sentimientos. Y lo importante que es, dentro de los límites del tacto y el buen gusto, ser sinceros y demostrar sin tapujos lo que sentimos y quiénes somos. ¿Cuándo somos más amables, cuando ocultamos nuestro calor, nuestros sueños, nuestras dudas y nuestro sentido del humor, o cuando los revelamos?

La honestidad no sólo es compatible con la bondad auténtica, sino que constituye su misma base. La falsa bondad contamina y dificulta la auténtica bondad. Si uno no vive en la verdad, no puede comunicarse con otros, no puede confiar, no puede relacionarse con los demás. Si uno no llama a las cosas por su nombre, por duro que sea, vive en un mundo de sueños. No hay sitio para ti y para mí, sólo para perniciosas quimeras. En tanto en cuanto mentimos, vivimos una vida despojada de realidad. Y la bondad no puede existir en un mundo de máscaras y fantasmas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario